Por qué miro más allá de la resonancia magnética de la rodilla: mi enfoque personal de la traumatología, la salud metabólica y la optimización hormonal
Dr. Fabián Poletti | Especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología | Medicina Deportiva y Ortobiología | Optimización Metabólica y Hormonal
Cuando el problema no es solo la rodilla

Un hombre de 55 años acude a mi consulta porque le duele la rodilla. Su resonancia magnética muestra cierto grado de degeneración del cartílago, una rotura degenerativa del menisco u otras alteraciones habitualmente asociadas al envejecimiento. Hasta aquí, se trata de una consulta traumatológica bastante habitual. Sin embargo, cuando empezamos a conversar y exploramos sus antecedentes médicos con mayor profundidad, comienza a aparecer un cuadro mucho más familiar.
Me cuenta que durante los últimos años ha perdido masa muscular, que ya no se recupera del ejercicio como antes y que está acumulando grasa abdominal a pesar de haber introducido relativamente pocos cambios en su estilo de vida. Su sueño ha empeorado, sus niveles de energía han disminuido y siente que su capacidad física se está deteriorando más rápidamente de lo que cabría esperar. En ocasiones también reconoce una disminución de la libido, aunque rara vez es ese el motivo por el que acudió inicialmente a una consulta de traumatología. Tiene 55 años, pero siente que su cuerpo ha cambiado radicalmente en apenas cinco.
Desde una perspectiva estrictamente traumatológica, podría limitarme a explorar la rodilla, interpretar las pruebas de imagen y recomendar un tratamiento local. El problema de este enfoque es que podría estar pasando por alto una parte importante de lo que le está ocurriendo. La pregunta que me interesa no es simplemente qué estructura de la articulación está dañada, sino qué está sucediendo en el organismo dentro del cual esa articulación tiene que funcionar.
A lo largo de los años, mi interés personal por comprender los mecanismos más profundos de la salud y el envejecimiento me llevó a ampliar mi formación en optimización metabólica y hormonal, guiado por mi interés en la medicina integrativa y funcional. Esto ha dado forma a un enfoque clínico que combina mi experiencia en cirugía ortopédica, medicina deportiva y ortobiología con una comprensión más amplia de los procesos metabólicos, inflamatorios y hormonales que influyen en la salud musculoesquelética.
Cuanto más comprendemos la fisiología del envejecimiento, más evidente resulta que los músculos, los huesos, los tendones y el cartílago no son estructuras independientes. Son tejidos cuya función está profundamente influida por el metabolismo, la inflamación, la composición corporal y el entorno hormonal.
Y en los hombres de mediana edad, la testosterona desempeña un papel importante en esa relación.
El músculo forma parte del tratamiento traumatológico
Cuando hablamos de artrosis de rodilla, la atención suele dirigirse inmediatamente al cartílago. Sin embargo, como cirujano ortopédico, me interesa tanto la superficie articular como la capacidad del sistema muscular para controlar las fuerzas que actúan sobre ella. El cuádriceps, los músculos glúteos y otros grupos musculares de las extremidades inferiores no son simplemente estructuras de soporte alrededor de la articulación. Son esenciales para la estabilidad dinámica, la distribución de las cargas y la eficiencia del movimiento.
Una rodilla rodeada de músculos fuertes y funcionales está mejor preparada para afrontar las exigencias mecánicas de la vida cotidiana. Por el contrario, cuando un paciente pierde masa muscular y fuerza, actividades relativamente sencillas como levantarse de una silla, subir escaleras o caminar cuesta arriba pueden volverse considerablemente más exigentes. Esto ayuda a explicar por qué dos pacientes con hallazgos radiológicos similares pueden experimentar niveles muy diferentes de dolor y limitación funcional.
A medida que envejecemos, se producen cambios progresivos en la masa muscular, la fuerza y, especialmente, la potencia, entendida como la capacidad de generar fuerza rápidamente. Parte de este deterioro está relacionado con la inactividad física, una nutrición inadecuada o enfermedades metabólicas, pero los mecanismos hormonales también contribuyen al mantenimiento y la renovación del tejido muscular.
Por tanto, la pérdida de músculo no debería considerarse simplemente un problema estético ni una consecuencia inevitable del envejecimiento. Desde una perspectiva traumatológica, representa una disminución de la capacidad del organismo para proteger las articulaciones, recuperarse de las lesiones y mantener la independencia funcional. Preservar el músculo significa preservar el movimiento, la estabilidad y la capacidad física, razón por la cual considero que debería ser uno de los objetivos centrales de cualquier estrategia de salud masculina a partir de los 40 o 50 años.
La artrosis no es simplemente desgaste: también es una enfermedad metabólica e inflamatoria
Durante décadas, la artrosis se ha explicado principalmente como el resultado de un proceso mecánico: una articulación soporta cargas durante muchos años, el cartílago se desgasta progresivamente y, finalmente, aparece el dolor. Esta explicación sigue profundamente arraigada tanto en la percepción general de la población como en algunos aspectos de la práctica médica, pero hoy sabemos que solo refleja una dimensión de una enfermedad mucho más compleja.
La artrosis afecta a toda la articulación, no únicamente al cartílago. El hueso subcondral, la membrana sinovial, los meniscos, los ligamentos, la cápsula articular y los tejidos periarticulares participan en su desarrollo. Además, las investigaciones realizadas durante las últimas décadas han demostrado que la inflamación crónica de bajo grado contribuye a los mecanismos que intervienen en su aparición y progresión. No estamos tratando simplemente con una estructura que se deteriora por el uso, sino con tejidos biológicamente activos que responden continuamente a estímulos mecánicos, metabólicos e inflamatorios.
Este cambio de perspectiva tiene implicaciones importantes, especialmente cuando evaluamos a pacientes con obesidad abdominal, resistencia a la insulina o síndrome metabólico.
La grasa abdominal como fuente de inflamación sistémica

Uno de los conceptos más importantes, desde mi punto de vista, es que la grasa corporal, especialmente la grasa visceral acumulada alrededor del abdomen, no constituye simplemente una reserva pasiva de energía. El tejido adiposo es un órgano endocrino y metabólico activo, capaz de producir numerosas sustancias implicadas en la regulación de la inflamación y el metabolismo.
Cuando este tejido aumenta de tamaño y se vuelve disfuncional, puede favorecer un estado de inflamación crónica de bajo grado mediante la liberación de citocinas como la interleucina-6 (IL-6) y el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α), así como de diversas adipocinas, entre ellas la leptina, la resistina y la adiponectina. Estos mediadores participan en complejas vías de señalización celular y pueden influir en tejidos muy alejados del lugar donde se originan las señales inflamatorias.
Las articulaciones no son una excepción. A través de diversos mecanismos, este entorno metabólico puede contribuir a procesos inflamatorios en la membrana sinovial, alteraciones de la función de los condrocitos, degradación de la matriz extracelular del cartílago y cambios en la remodelación del hueso subcondral.
Por este motivo, reducir la relación entre obesidad y artrosis a una simple cuestión de kilos adicionales que actúan sobre la rodilla resulta insuficiente. La carga mecánica es, sin duda, importante, pero en determinados pacientes los componentes metabólicos e inflamatorios pueden contribuir a la enfermedad tanto como los mecánicos, o incluso tener un papel predominante.
Una observación especialmente reveladora es que las personas con obesidad también presentan un mayor riesgo de desarrollar artrosis en articulaciones que no soportan el peso corporal, como las de las manos. Esta asociación resulta difícil de explicar únicamente por una sobrecarga mecánica y pone de manifiesto la importancia de los mecanismos sistémicos.
Desde esta perspectiva, el tejido adiposo visceral disfuncional se comporta como una fuente continua de señales inflamatorias capaces de influir en la salud articular mucho más allá de sus efectos sobre el peso corporal.
La artrosis como manifestación de una disfunción metabólica más amplia
Cuando evaluamos a un paciente con artrosis de rodilla, obesidad visceral y resistencia a la insulina, debemos considerar la posibilidad de que el deterioro articular forme parte de un problema metabólico mucho más amplio. Mientras se producen cambios inflamatorios y degenerativos dentro de la articulación, procesos relacionados pueden estar afectando simultáneamente al hígado, al sistema cardiovascular, al músculo esquelético y a otros órganos.
Esto no significa que toda artrosis tenga necesariamente un origen metabólico. Existen distintos fenotipos de la enfermedad, con contribuciones variables de factores genéticos, traumáticos, biomecánicos y relacionados con la edad. Sin embargo, en un número considerable de pacientes, especialmente aquellos con obesidad abdominal y alteraciones metabólicas, la disfunción del tejido adiposo y la inflamación de bajo grado forman parte de la fisiopatología subyacente.
Es lo que denominamos artrosis metabólica, un concepto que nos permite entender la articulación como uno de los diversos órganos que pueden verse afectados por un entorno metabólico sistémico desfavorable.
Esta interpretación también modifica nuestros objetivos terapéuticos. Cuando evalúo una rodilla con artrosis en un paciente con exceso de grasa visceral, no me interesa únicamente reducir las cargas mecánicas que atraviesan esa articulación. También quiero comprender qué está ocurriendo con el metabolismo del paciente, su sensibilidad a la insulina, su composición corporal y su estado inflamatorio.
La articulación puede ser el lugar donde el paciente experimenta los síntomas, pero no necesariamente el único tejido que está sufriendo daño.
Testosterona: mucho más que una hormona sexual

Durante mucho tiempo, la testosterona se ha asociado casi exclusivamente con la libido, la función sexual y los caracteres sexuales secundarios masculinos. Sin embargo, su influencia fisiológica va mucho más allá y adquiere especial relevancia cuando consideramos el envejecimiento musculoesquelético.
La testosterona contribuye al mantenimiento de la masa muscular, la composición corporal, la salud ósea y diversos procesos metabólicos. Sus efectos se producen a través de receptores androgénicos presentes en numerosos tejidos, donde participa en mecanismos implicados en la síntesis de proteínas y el mantenimiento de la estructura muscular. Además, parte de la testosterona se convierte en estradiol, una hormona que también desempeña un papel fundamental en la conservación de la densidad mineral ósea en los hombres.
Los ensayos clínicos han demostrado de manera consistente que la terapia de reemplazo de testosterona (TRT) puede aumentar la masa corporal magra y reducir la masa grasa en hombres con hipogonadismo. Las mejoras en la fuerza y el rendimiento físico son más variables, pero los efectos sobre la composición corporal están bien documentados.
Desde una perspectiva traumatológica, esta relación resulta especialmente relevante. Un hombre que mantiene una buena masa muscular, controla la adiposidad visceral y conserva su capacidad para realizar ejercicio suele encontrarse en mejores condiciones para afrontar las exigencias mecánicas que soportan sus articulaciones y para llevar a cabo con éxito un proceso de rehabilitación.
La testosterona forma parte de este equilibrio, pero su influencia debe entenderse junto con otros factores que afectan continuamente a la salud muscular, como el entrenamiento de fuerza, la nutrición, el sueño y la función metabólica. Precisamente por eso, integrar la evaluación hormonal dentro de una estrategia clínica más amplia tiene mucho más sentido que estudiar las hormonas de manera aislada.
El problema de considerar «normal» todo lo que está dentro del rango de referencia
Un aspecto de la práctica médica que considero que merece una revisión es nuestra tendencia a interpretar los resultados analíticos principalmente a través de los intervalos de referencia, sin prestar suficiente atención a la evolución clínica del paciente.
Un hombre puede tener una concentración de testosterona de 350 o 400 ng/dL y recibir un informe de laboratorio que describa ese resultado como normal. Desde el punto de vista estadístico, esa clasificación puede ser correcta, pero la pregunta que me interesa es si ese valor refleja adecuadamente su situación fisiológica.
Los intervalos de referencia se establecen a partir de poblaciones definidas y métodos analíticos específicos. Son herramientas clínicas útiles, pero no representan necesariamente el estado funcional óptimo de cada individuo, ni nos indican en qué niveles se encontraba ese paciente concreto durante las décadas anteriores de su vida.
Pensemos en un hombre que mantuvo concentraciones de testosterona considerablemente más elevadas durante buena parte de su vida adulta y que ha experimentado un descenso progresivo a lo largo de los años. Si este cambio coincide con una pérdida significativa de masa muscular, disminución de la libido, recuperación más lenta, aumento de la grasa abdominal y deterioro del bienestar general, considero que la situación merece una investigación clínica más profunda.
Comparar sus niveles actuales con resultados históricos no permite, por sí solo, establecer un diagnóstico de hipogonadismo, pero aporta información sobre una trayectoria que no debería ignorarse.
En mi práctica clínica me interesan tanto el valor analítico actual como la evolución funcional del paciente. Quiero comprender qué ha cambiado, cuándo comenzaron esos cambios y qué mecanismos pueden estar contribuyendo a ellos. Esta perspectiva longitudinal es uno de los aspectos que más valoro de la medicina funcional, porque nos anima a investigar las relaciones entre los sistemas fisiológicos y las posibles causas del deterioro, en lugar de limitarnos a clasificar los resultados como normales o anormales.
Testosterona total, testosterona libre y SHBG
La interpretación hormonal adquiere todavía más interés cuando consideramos que la testosterona total proporciona solo una parte de la información disponible.
La mayor parte de la testosterona circulante está unida a proteínas transportadoras, principalmente a la globulina fijadora de hormonas sexuales (SHBG) y a la albúmina, mientras que solo una pequeña proporción permanece libre. Las concentraciones de SHBG pueden variar en función de la edad, la composición corporal, la resistencia a la insulina y diversas alteraciones metabólicas, modificando así la relación entre la testosterona total y la testosterona libre.
Por este motivo, evaluar la testosterona libre junto con la SHBG puede resultar especialmente útil en determinados pacientes. Dependiendo de las circunstancias clínicas, también puede ser conveniente analizar la LH, la FSH y otros parámetros que nos ayuden a comprender cómo está funcionando el eje hormonal e identificar las distintas causas de las alteraciones hormonales.
La determinación de LH y FSH también puede ayudar a distinguir entre el hipogonadismo primario y el secundario. En el hipogonadismo primario, el problema se encuentra en los testículos, que no producen suficiente testosterona a pesar de recibir una mayor estimulación hormonal desde el cerebro. Por ello, los niveles de LH y, con frecuencia, de FSH suelen estar elevados. En el hipogonadismo secundario, el problema se encuentra en el hipotálamo o la hipófisis, que no envían las señales hormonales adecuadas para estimular los testículos. En estos casos, los niveles de LH y FSH suelen ser bajos o inapropiadamente normales, a pesar de que la testosterona está disminuida. Esta distinción es importante porque las causas, las implicaciones clínicas y las opciones de tratamiento pueden ser diferentes.
Una evaluación hormonal bien estructurada debe intentar responder a una pregunta clínica concreta y relacionar los resultados analíticos con los síntomas, la composición corporal y los cambios funcionales. El objetivo es comprender cómo está funcionando el sistema, en lugar de perseguir simplemente un valor numérico determinado.
Metabolismo, grasa visceral y testosterona: un círculo que se retroalimenta
La relación entre la testosterona, la grasa visceral y el metabolismo es uno de los aspectos más interesantes de la salud masculina durante la mediana edad, precisamente porque ninguno de estos factores actúa de manera independiente.
El exceso de adiposidad visceral se asocia con resistencia a la insulina, inflamación metabólica crónica de bajo grado y alteraciones hormonales. Al mismo tiempo, las concentraciones bajas de testosterona pueden contribuir a cambios desfavorables en la composición corporal, como una reducción de la masa magra y un aumento de la adiposidad.
Estas relaciones pueden convertirse en un círculo que se retroalimenta.
Un hombre comienza a acumular grasa abdominal, reduce gradualmente su actividad física y pierde fuerza. Su sueño empeora y disminuye su capacidad de recuperación. En este contexto pueden desarrollarse alteraciones metabólicas y hormonales que hacen cada vez más difícil mantener una composición corporal saludable. Si entonces aparece dolor articular o una lesión tendinosa, la consiguiente reducción de la actividad física puede acelerar todavía más el proceso.
Desde una perspectiva traumatológica, las consecuencias son especialmente importantes porque la articulación queda expuesta a dos problemas simultáneamente. Por un lado, el exceso de peso corporal modifica las exigencias mecánicas; por otro, la disminución de la fuerza muscular compromete la capacidad del organismo para gestionar esas cargas. A esto se añade la influencia de un entorno metabólico e inflamatorio que puede contribuir directamente a los procesos degenerativos dentro de la articulación.
Lo que hace que esta situación sea especialmente relevante es que ese mismo entorno también puede estar afectando a otros órganos. Un paciente puede desarrollar artrosis, resistencia a la insulina, enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD) y disfunción vascular dentro de un contexto fisiopatológico compartido. No siempre se trata de enfermedades completamente independientes que aparecen casualmente a la misma edad; en muchos casos representan distintas manifestaciones de mecanismos metabólicos relacionados.
Por este motivo, considero que la evaluación de la composición corporal es mucho más informativa que limitarse a registrar el peso o el índice de masa corporal. Dos hombres pueden pesar exactamente lo mismo y, sin embargo, presentar perfiles fisiológicos muy diferentes. Uno puede conservar una masa muscular adecuada y tener relativamente poca grasa visceral, mientras que el otro puede presentar una adiposidad abdominal considerable, una masa muscular reducida y resistencia a la insulina.
A pesar de tener un peso corporal idéntico, sus articulaciones no están funcionando dentro del mismo entorno biológico, ni sus perfiles de riesgo cardiometabólico son necesariamente comparables.
Por esta razón, cuando la historia clínica lo justifica, mi evaluación no termina con la resonancia magnética. También tiene en cuenta la composición corporal, la fuerza muscular, la salud metabólica, la calidad del sueño y el estado hormonal, con el objetivo de identificar factores modificables que puedan mejorar tanto la función musculoesquelética como la salud a largo plazo.
Terapia de reemplazo de testosterona (TRT): la evidencia ha cambiado y nuestra perspectiva debería cambiar con ella
Durante muchos años, la terapia de reemplazo de testosterona ha estado rodeada de una considerable preocupación por sus posibles riesgos cardiovasculares y prostáticos. Parte de esta percepción estuvo condicionada por estudios observacionales con importantes limitaciones metodológicas, cuyos resultados contribuyeron a generar una visión excesivamente alarmista del tratamiento.
La publicación del ensayo TRAVERSE en 2023, en The New England Journal of Medicine, representó un importante punto de inflexión en este debate.
TRAVERSE fue un ensayo clínico aleatorizado en el que participaron más de 5.200 hombres de entre 45 y 80 años que presentaban síntomas de hipogonadismo, niveles bajos de testosterona confirmados y enfermedad cardiovascular establecida o un riesgo cardiovascular elevado. Su objetivo principal era evaluar la seguridad cardiovascular del tratamiento con testosterona en una población clínicamente relevante de mayor riesgo.
Los resultados mostraron que los acontecimientos cardiovasculares adversos mayores se produjeron en el 7,0 % de los hombres que recibieron testosterona, frente al 7,3 % de los que recibieron placebo. Por tanto, el ensayo demostró la no inferioridad del tratamiento con testosterona frente al placebo respecto a su criterio principal de valoración de seguridad cardiovascular.
Estos hallazgos tuvieron consecuencias importantes y contribuyeron a un cambio en la perspectiva regulatoria sobre la testosterona. En febrero de 2025, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) anunció modificaciones del etiquetado aplicables a todos los productos de testosterona, incluida la eliminación de las advertencias destacadas en recuadro relativas a un posible aumento del riesgo de acontecimientos cardiovasculares adversos mayores, basándose en la evidencia generada por el ensayo TRAVERSE.
Posteriormente, la agencia actualizó información adicional relacionada con el tratamiento con testosterona y el hipogonadismo asociado a la edad.
En conjunto, estos acontecimientos representan un cambio significativo respecto a la percepción del riesgo que había dominado el debate médico durante muchos años y permiten evaluar la terapia de reemplazo de testosterona sobre una base científica considerablemente más sólida.
¿Y qué ocurre con el cáncer de próstata?
La preocupación por el cáncer de próstata ha sido otra de las grandes barreras históricas para la prescripción de testosterona.
Durante décadas, se aceptó ampliamente la idea de que aumentar los niveles de testosterona podía favorecer directamente el desarrollo o la progresión del cáncer de próstata. Sin embargo, la evidencia clínica acumulada durante los últimos años ha cuestionado esta interpretación simplificada.
Los resultados sobre seguridad prostática del programa TRAVERSE, publicados en JAMA Network Open en diciembre de 2023, fueron especialmente relevantes. En la población estudiada, no se observaron diferencias estadísticamente significativas entre los grupos de testosterona y placebo en la incidencia de cáncer de próstata, incluida la enfermedad de alto grado.
Estos hallazgos son tranquilizadores y cuestionan la suposición de que administrar testosterona a hombres adecuadamente seleccionados aumenta necesariamente su riesgo de desarrollar cáncer de próstata.
La terapia de reemplazo de testosterona debe seguir incluyendo una evaluación individualizada y un seguimiento clínico adecuado, con controles del hematocrito, la presión arterial y la salud prostática. También debemos tener en cuenta los acontecimientos adversos notificados con mayor frecuencia en algunos análisis de TRAVERSE, entre ellos la fibrilación auricular y la embolia pulmonar.
No obstante, la conclusión general es importante: la evidencia actual nos permite abordar la terapia de reemplazo de testosterona desde una perspectiva mucho mejor fundamentada, menos condicionada por los temores cardiovasculares y prostáticos que dominaron el debate durante décadas.
Tener más músculo no significa tener tendones indestructibles
Un aspecto de la optimización hormonal que me interesa especialmente, dada mi formación en cirugía ortopédica y medicina musculoesquelética, es la relación entre las mejoras de la capacidad muscular y la adaptación de los tendones.
Sabemos que los músculos y los tendones no responden necesariamente al entrenamiento al mismo ritmo. La fuerza muscular puede mejorar relativamente rápido, mientras que la adaptación de las estructuras tendinosas a unas exigencias mecánicas crecientes requiere una progresión específica y, en algunos casos, períodos considerablemente más prolongados.
Esto adquiere especial relevancia en un hombre de mediana edad que comienza una terapia hormonal correctamente indicada, mejora su composición corporal, recupera energía y decide retomar una actividad física intensa después de años de entrenamiento irregular.
Puede sentirse considerablemente más fuerte y capaz de levantar pesos que no había intentado mover desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, esa mejoría no significa necesariamente que sus tendones estén preparados para tolerar el mismo incremento de la exigencia mecánica.
Durante los últimos años, varios estudios observacionales han identificado asociaciones entre el tratamiento con testosterona y determinadas lesiones tendinosas, incluidas las lesiones del tendón de Aquiles. Estos hallazgos no demuestran que la terapia de reemplazo de testosterona a dosis fisiológicas cause directamente roturas tendinosas, pero plantean cuestiones interesantes sobre la relación entre los cambios en la fuerza, la adaptación de los tejidos y la exposición a cargas más elevadas.
Aquí es donde la traumatología y la optimización hormonal convergen de una manera especialmente útil. La mejora de la masa muscular y de la capacidad física debería acompañarse de una planificación adecuada del ejercicio, una progresión gradual de las cargas y una atención específica a la salud de los tendones.
El objetivo no debería ser simplemente conseguir que un paciente se sienta más fuerte, sino desarrollar un sistema musculoesquelético verdaderamente capaz de utilizar esa fuerza de manera segura y sostenible.
Mi enfoque: de la articulación a la persona en su conjunto
La medicina avanza hacia una comprensión cada vez más integrada de los procesos asociados al envejecimiento, y esta es la filosofía que he elegido desarrollar en mi propia práctica clínica.
Como cirujano ortopédico, sigo considerando que la exploración clínica, el diagnóstico preciso, la evaluación biomecánica, las pruebas de imagen y el tratamiento quirúrgico cuando está indicado son partes fundamentales de mi trabajo. Sin embargo, mi formación adicional y mi interés personal por la medicina integrativa y funcional me han llevado a incorporar la evaluación metabólica, la composición corporal, la fuerza muscular y la salud hormonal a mi enfoque clínico. Reconozco que todos estos factores contribuyen al entorno biológico en el que se desarrollan y evolucionan los problemas musculoesqueléticos.
Un paciente con artrosis de rodilla no es simplemente una rodilla con artrosis. Es una persona con una determinada cantidad de masa muscular, un perfil metabólico, una distribución de la grasa corporal, un entorno hormonal, unos hábitos de sueño y una capacidad específica de recuperación. Todos estos elementos pueden influir tanto en su situación clínica como en su respuesta al tratamiento.
Desde la perspectiva de la medicina funcional, me interesa identificar los mecanismos que contribuyen al deterioro y abordar aquellos que pueden modificarse. Esto puede implicar entrenamiento de fuerza, optimización nutricional, reducción de la grasa visceral, mejora del sueño, tratamiento de las alteraciones metabólicas y optimización hormonal cuando resulte apropiado.
En el caso de la artrosis, también significa reconocer que podemos estar ante una manifestación musculoesquelética de una disfunción metabólica sistémica. Reducir la adiposidad visceral, mejorar la sensibilidad a la insulina y recuperar la masa muscular son intervenciones relevantes no solo para la salud general, sino también para abordar algunos de los factores que contribuyen al dolor articular y al deterioro funcional.
Este enfoque no sustituye al diagnóstico traumatológico tradicional. Más bien, lo sitúa dentro de un marco fisiológico más amplio. Mi objetivo no es alcanzar una concentración específica de testosterona ni un valor analítico aislado, sino mejorar la salud, la composición corporal y la capacidad física del paciente mediante la integración de estrategias terapéuticas respaldadas por la evidencia científica.
Conclusión: tratar al hombre, no solo su resonancia magnética
Cuando un hombre de 55 años acude a mi consulta porque le duele la rodilla, seguiré evaluando esa rodilla con toda la precisión que exige mi especialidad. Sin embargo, si durante la consulta descubro que también ha perdido masa muscular, está acumulando grasa abdominal, se recupera mal del ejercicio, duerme mal y ha experimentado cambios significativos en su energía o en su función sexual, no considero que atribuirlo todo simplemente al envejecimiento sea una explicación adecuada.
Quiero comprender qué ha cambiado dentro de su organismo y qué factores están contribuyendo a ese deterioro, porque muchos de los cambios que interpretamos como consecuencias inevitables del envejecimiento están relacionados con procesos sobre los que podemos intervenir.
Hoy sabemos que la artrosis es mucho más compleja que el simple desgaste del cartílago y que la inflamación metabólica, la disfunción del tejido adiposo y la resistencia a la insulina pueden desempeñar papeles importantes en determinados pacientes. También sabemos que la testosterona contribuye al mantenimiento del músculo, la composición corporal y la salud ósea, y que la evidencia relativa a la seguridad del tratamiento terapéutico con testosterona ha evolucionado considerablemente durante los últimos años.
Mi propio enfoque de la salud musculoesquelética masculina se basa en integrar este conocimiento dentro de una perspectiva clínica que no examina cada articulación como si fuera una estructura mecánica aislada.
Una rodilla envejece dentro de un organismo, y los procesos metabólicos, inflamatorios y hormonales que afectan a ese organismo pueden tener consecuencias importantes sobre su función. En ocasiones, lo que inicialmente parece un problema articular localizado constituye también una oportunidad para reconocer un deterioro más amplio que está afectando a la salud general del paciente.
Por eso considero que el verdadero objetivo no debería ser simplemente llegar a los 70 u 80 años, sino hacerlo conservando la mayor cantidad posible de músculo, fuerza, movilidad, energía e independencia.
Lograrlo requiere una perspectiva clínica más amplia, una comprensión de las interacciones entre el metabolismo, las hormonas y el sistema musculoesquelético, y un compromiso con el tratamiento del paciente como el sistema biológico integrado que realmente es.
Dr. Fabián Poletti Especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología Medicina Deportiva y Ortobiología Optimización Metabólica y Hormonal
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