Menopausia, terapia hormonal y salud articular de la mujer: una nueva perspectiva sobre el envejecimiento a partir de los 40 años

La relación frecuentemente ignorada entre los cambios hormonales, el dolor musculoesquelético y la salud metabólica, y por qué ha cambiado nuestra comprensión de la terapia hormonal sustitutiva

Dr. Fabián Poletti | Especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología | Medicina Deportiva y Ortobiología | Optimización Metabólica y Hormonal

Las mujeres cuyo dolor articular no se correspondía con las imágenes diagnósticas

Con el paso de los años, comencé a observar un patrón cada vez más frecuente en mi práctica como traumatólogo. Mujeres de entre 45 y 55 años acudían a consulta por dolor articular persistente, rigidez, molestias tendinosas y un deterioro notable de su capacidad para hacer ejercicio. Sin embargo, las radiografías y resonancias magnéticas a menudo no conseguían explicar la intensidad ni la extensión de sus síntomas. Algunas presentaban cambios degenerativos leves; otras tenían estudios de imagen prácticamente normales, y muchas ya se habían sometido a pruebas que descartaban enfermedades reumatológicas inflamatorias.

No estaban imaginando sus síntomas y, desde luego, no todas estaban desarrollando una enfermedad reumatológica. Sin embargo, algo estaba cambiando claramente. Muchas describían un patrón similar: dormían peor, tardaban más en recuperarse después del ejercicio, estaban perdiendo fuerza muscular y acumulaban grasa abdominal a pesar de no haber modificado sustancialmente sus hábitos. Lo que más llamó mi atención fue que estos síntomas aparecían con frecuencia durante la misma etapa de la vida, coincidiendo con la transición hacia la menopausia.

Como cirujano ortopédico y traumatologo, estaba acostumbrado a investigar alteraciones estructurales, lesiones y problemas biomecánicos. Sin embargo, estas mujeres presentaban un cuadro clínico más complejo. Sus síntomas eran reales, pero la explicación no siempre se encontraba en la propia articulación. Esta observación me llevó progresivamente a explorar la relación entre la fisiología hormonal femenina, la salud metabólica, la inflamación y el sistema musculoesquelético. Finalmente, también me motivó a ampliar mi formación en optimización metabólica y hormonal, complementando mi trabajo en cirugía ortopédica, medicina deportiva y ortobiología.

Fue durante este proceso de investigación cuando comencé a interesarme especialmente por lo que actualmente se conoce como síndrome musculoesquelético de la menopausia.

Este término, introducido en la literatura médica en 2024, engloba una serie de cambios musculoesqueléticos que pueden producirse durante la transición menopáusica, como dolor articular, síntomas musculares y tendinosos, pérdida de fuerza y deterioro de la salud ósea. Su importancia radica en que proporciona un contexto fisiológico para síntomas que con frecuencia se habían atribuido al envejecimiento normal, al estrés o a problemas que no podían explicarse mediante las pruebas diagnósticas convencionales.

Los receptores de estrógenos están presentes en el cartílago, el hueso, el músculo esquelético, los tejidos sinoviales y otras estructuras implicadas en el movimiento y la percepción del dolor. A medida que la producción hormonal ovárica se vuelve más variable durante la perimenopausia y posteriormente disminuye, también cambia el entorno biológico en el que funcionan estos tejidos. Esto puede coincidir con alteraciones en las vías de señalización inflamatoria, la sensibilidad al dolor, la composición corporal, el sueño y la capacidad de recuperación después de la actividad física.

Por tanto, la transición menopáusica implica mucho más que el final de los ciclos menstruales. Es un cambio fisiológico sistémico que puede tener consecuencias importantes sobre la manera en que las mujeres se mueven, se sienten y mantienen su independencia física.

Reconocer esta conexión se ha convertido en un elemento fundamental para comprender por qué los síntomas musculoesqueléticos aparecen o empeoran con tanta frecuencia durante la mediana edad, incluso cuando las pruebas de imagen convencionales solo ofrecen una explicación parcial.

Cómo se extendió el uso de la terapia hormonal sustitutiva y por qué es importante conocer su historia

La terapia hormonal no se desarrolló originalmente como una estrategia experimental para promover un envejecimiento saludable. Su utilización comenzó a extenderse durante la década de 1940, cuando los médicos reconocieron que la reposición de las hormonas ováricas en descenso podía aliviar muchos de los síntomas asociados con la menopausia.

Durante las décadas siguientes, sus beneficios fueron haciéndose cada vez más evidentes, especialmente en el tratamiento de los sofocos, la sudoración nocturna, las alteraciones del sueño y la preservación de la densidad ósea.

En las décadas de 1980 y 1990, la terapia hormonal sustitutiva se había convertido en un tratamiento ampliamente utilizado, respaldado por la experiencia clínica y por un número creciente de estudios observacionales que sugerían posibles beneficios adicionales para la salud a largo plazo.

Algunos de estos estudios encontraron tasas más bajas de enfermedad cardiovascular entre las mujeres que recibían tratamiento hormonal, lo que planteó la posibilidad de que los estrógenos pudieran hacer algo más que aliviar los síntomas menopáusicos.

Esto llevó a los investigadores a formular una pregunta importante: si la terapia hormonal mejoraba los síntomas de la menopausia, protegía los huesos y parecía ofrecer beneficios más amplios para la salud, ¿podría prescribirse de forma rutinaria a las mujeres posmenopáusicas para prevenir enfermedades crónicas?

La iniciativa Women’s Health Initiative (WHI) se puso en marcha precisamente para investigar esta posibilidad.

Sus ensayos sobre terapia hormonal incluyeron mujeres de entre 50 y 79 años, con una edad media aproximada de 63 años, y compararon determinados tratamientos hormonales con placebo. El objetivo era determinar si una estrategia preventiva de prescripción generalizada podía reducir acontecimientos importantes, como la enfermedad coronaria y las fracturas, al tiempo que se evaluaban sus posibles riesgos.

Era una pregunta científica legítima y relevante, pero distinta de plantearse si una mujer sintomática de entre 45 y 55 años podía beneficiarse de una terapia hormonal correctamente indicada.

La eficacia de la terapia hormonal para tratar los síntomas de la menopausia ya estaba bien establecida cuando comenzó el estudio WHI.

Cómo se malinterpretó el estudio Women’s Health Initiative

Cuando se publicaron los primeros resultados del ensayo de terapia hormonal combinada en 2002, la reacción fue extraordinaria. Los investigadores comunicaron que la combinación específica de estrógenos equinos conjugados por vía oral y acetato de medroxiprogesterona no ofrecía un balance global favorable para la prevención generalizada de enfermedades crónicas en la población estudiada. Los resultados mostraban un aumento de determinados efectos adversos, especialmente cáncer de mama, trombosis y accidentes cerebrovasculares, junto con beneficios importantes, como la reducción de las fracturas y del cancer colorectal.

Lamentablemente, gran parte del debate público posterior perdió de vista la distinción entre una estrategia preventiva basada en un tratamiento hormonal específico y el tratamiento individualizado de los síntomas de la menopausia. El mensaje que llegó a muchas mujeres fue considerablemente más simple y alarmante: la terapia hormonal aumentaba el riesgo de cáncer y, por tanto, debía evitarse.

En pocos años, las prescripciones disminuyeron drásticamente. Las mujeres que sufrían síntomas menopáusicos importantes comenzaron a mostrarse reticentes a considerar la terapia hormonal sustitutiva, y muchos médicos también adoptaron una actitud más cautelosa a la hora de prescribirla. Las consecuencias de este cambio condicionaron la atención de la menopausia durante más de dos décadas.

El problema no fue que debieran ignorarse los resultados originales del WHI, sino que se interpretaron de forma excesivamente generalizada, sin distinguir suficientemente entre diferentes hormonas, distintas edades y diferentes motivos para iniciar el tratamiento.

Lo que descubrieron los investigadores al revisar los datos

A medida que los análisis posteriores examinaron con mayor detalle los resultados del WHI, comenzó a surgir una interpretación más matizada. Los investigadores empezaron a diferenciar a las mujeres según su edad, el tiempo transcurrido desde la menopausia y el tratamiento hormonal concreto que habían recibido, en lugar de considerar a todas las participantes como un grupo homogéneo.

Uno de los hallazgos más importantes estuvo relacionado con el momento de inicio del tratamiento. Comenzar la terapia hormonal poco después de la menopausia no es biológicamente equivalente a iniciarla por primera vez quince o veinte años más tarde, cuando el envejecimiento vascular y la enfermedad cardiovascular subyacente pueden encontrarse ya en fases más avanzadas.

Los análisis del ensayo del WHI con estrógenos solos mostraron resultados cardiovasculares más favorables en las mujeres de entre 50 y 59 años que en las participantes de mayor edad. Estos hallazgos contribuyeron al desarrollo de la denominada hipótesis del momento de inicio (timing hypothesis), que reconoce que los efectos de la terapia hormonal dependen, en parte, de cuánto tiempo ha transcurrido desde la menopausia cuando se comienza el tratamiento.

Esto ayuda a explicar por qué las recomendaciones actuales sobre menopausia consideran que la relación beneficio-riesgo suele ser favorable en mujeres adecuadamente seleccionadas, menores de 60 años o que se encuentran dentro de los aproximadamente diez primeros años posteriores a la menopausia, especialmente cuando el tratamiento se prescribe para aliviar los síntomas menopáusicos y proteger la salud ósea.

Este concepto ocupa un lugar central en el documento de posicionamiento publicado en 2022 por The Menopause Society. En mujeres menores de 60 años o dentro de los diez primeros años desde el inicio de la menopausia, sin contraindicaciones, la relación beneficio-riesgo de la terapia hormonal sistémica es generalmente favorable para tratar los síntomas vasomotores molestos y prevenir la pérdida de masa ósea. Por el contrario, cuando el tratamiento se inicia después de los 60 años o más de diez años después de la menopausia, este balance resulta menos favorable.

Los análisis a largo plazo también permitieron aclarar otra distinción igualmente importante: la diferencia entre administrar estrógenos solos y combinarlos con un progestágeno sintético específico. En el ensayo del WHI que incluyó a mujeres previamente sometidas a una histerectomía, aquellas que recibieron únicamente estrógenos presentaron una reducción de la incidencia y de la mortalidad por cáncer de mama en comparación con el grupo placebo durante el seguimiento a largo plazo. El ensayo que utilizó estrógenos combinados con acetato de medroxiprogesterona mostró resultados diferentes respecto al cáncer de mama.

Estas diferencias demuestran por qué resultaba engañoso presentar toda la terapia hormonal sustitutiva como si se tratara de un único tratamiento con efectos idénticos.

La conclusión más amplia fue que el WHI había respondido a una pregunta importante sobre el uso de determinados tratamientos hormonales para la prevención generalizada de enfermedades, pero no había demostrado que la terapia hormonal fuera inapropiada para mujeres más jóvenes con síntomas que estaban entrando en la menopausia.

Esta interpretación se vio reforzada por una amplia revisión publicada en JAMA en 2024, en la que investigadores del WHI reevaluaron la evidencia acumulada durante aproximadamente dos décadas. La revisión subrayó la importancia de individualizar las decisiones terapéuticas y de distinguir entre el tratamiento de los síntomas menopáusicos y la utilización de hormonas para la prevención general de enfermedades crónicas. Sus conclusiones respaldan un enfoque más informado de la terapia hormonal, especialmente en mujeres que están entrando en la menopausia y cuyos síntomas afectan a su calidad de vida.

El conjunto de la evidencia también sugiere que la terapia hormonal iniciada en mujeres posmenopáusicas más jóvenes, adecuadamente seleccionadas, puede asociarse con otros resultados favorables. Los análisis de ensayos aleatorizados y de datos agrupados han descrito reducciones de la mortalidad por cualquier causa en determinados subgrupos de mujeres más jóvenes, junto con menores tasas de fracturas y diabetes mellitus. No obstante, estos hallazgos deben interpretarse teniendo en cuenta la población estudiada, el tratamiento hormonal utilizado y la solidez de la evidencia disponible. No permiten considerar la terapia hormonal menopáusica como una estrategia general de prevención de enfermedades cardiovasculares, cáncer u otras enfermedades crónicas.

La terapia hormonal actual también es diferente

Otra razón por la que nuestra comprensión ha evolucionado es que la propia terapia hormonal de la menopausia ha cambiado considerablemente.

El ensayo combinado del WHI utilizó estrógenos equinos conjugados por vía oral y acetato de medroxiprogesterona, un progestágeno sintético ampliamente prescrito en aquella época. Muchos tratamientos actuales utilizan, en cambio, 17β-estradiol y progesterona micronizada, hormonas molecularmente idénticas a las que produce de forma natural el organismo femenino.

Estas hormonas suelen denominarse bioidénticas, aunque este término no debe confundirse con preparados magistrales no regulados. Actualmente existen formulaciones farmacéuticas estandarizadas y autorizadas de estradiol y progesterona micronizada.

Esta distinción tiene relevancia clínica porque las diferentes vías de administración y los distintos progestágenos producen efectos biológicos diferentes. El estradiol transdérmico, por ejemplo, evita el metabolismo hepático de primer paso asociado a los estrógenos orales y parece presentar un perfil más favorable respecto al tromboembolismo venoso. Los estudios observacionales también sugieren que la progesterona micronizada podría ofrecer un perfil de seguridad mamaria más favorable que determinados progestágenos sintéticos, incluido el acetato de medroxiprogesterona, aunque la evidencia comparativa procedente de ensayos aleatorizados a largo plazo sigue siendo más limitada.

Estos avances permiten adaptar el tratamiento con mucha mayor precisión a las circunstancias clínicas de cada mujer. También hacen inapropiado asumir que los resultados asociados a una combinación hormonal concreta estudiada hace más de veinte años describen automáticamente los efectos de todos los tratamientos actuales.

Esta distinción se refleja en las recomendaciones clínicas contemporáneas, que reconocen que la terapia hormonal no constituye una intervención única y uniforme. Sus efectos dependen de si los estrógenos se administran solos o combinados con un progestágeno, de la formulación y dosis utilizadas, de la vía de administración y de la duración del tratamiento. Las mujeres que conservan el útero generalmente necesitan una protección adecuada con progestágenos cuando reciben estrógenos sistémicos, con el fin de prevenir la hiperplasia y el cáncer de endometrio. Por tanto, la elección del tratamiento debe considerar tanto los beneficios potenciales de los estrógenos como las implicaciones de seguridad del progestágeno asociado.

The Menopause Society también reconoce la terapia hormonal menopáusica como el tratamiento más eficaz para los síntomas vasomotores y como un tratamiento eficaz del síndrome genitourinario de la menopausia. Es importante señalar que estas indicaciones no siempre requieren el mismo enfoque terapéutico. Las mujeres cuyos síntomas se limitan al tracto genitourinario pueden beneficiarse de estrógenos vaginales a dosis bajas u otros tratamientos específicos, sin necesidad de recibir terapia hormonal sistémica.

Comprender los beneficios que quedaron eclipsados

Quizá una de las consecuencias más desafortunadas de la controversia inicial del WHI fue que los beneficios demostrados de la terapia hormonal recibieron mucha menos atención que sus riesgos.

Incluso los ensayos originales del WHI demostraron una protección significativa frente a las fracturas, incluidas las fracturas de cadera, un resultado con importantes implicaciones para la movilidad, la autonomía y la salud en las etapas posteriores de la vida. La terapia con estrógenos también seguía siendo muy eficaz para aliviar los síntomas vasomotores, mejorar el sueño alterado por los sudores nocturnos y tratar muchos de los síntomas que pueden hacer tan difícil la transición menopáusica.

El aumento de la incidencia de cáncer de mama ampliamente difundido en el ensayo de terapia combinada fue de aproximadamente un 26% en términos relativos. Expresado como diferencia absoluta, esto representaba alrededor de ocho casos adicionales por cada 10.000 mujeres tratadas durante un año con ese tratamiento específico. Sin embargo, el mismo ensayo también comunicó aproximadamente cinco fracturas de cadera menos y seis casos menos de cáncer colorrectal por cada 10.000 mujeres tratadas al año.

Lo que debería haberse explicado desde el principio es que menos de 10 casos adicionales por cada 10.000 mujeres al año representan un incremento muy pequeño del riesgo absoluto. En cambio, la atención pública se centró en el alarmante aumento relativo del 26%, sin explicar adecuadamente su verdadera magnitud.

El riesgo absoluto de cáncer de mama también debería analizarse en el contexto de otros factores de riesgo reconocidos, como el consumo de alcohol, el exceso de tejido adiposo y los hábitos alimentarios. Como se ha destacado en los debates sobre el documento de posicionamiento de The Menopause Society de 2022, el riesgo relativo de cáncer de mama asociado a determinados tratamientos hormonales combinados puede ser de una magnitud comparable al de algunas exposiciones modificables relacionadas con el estilo de vida, como el consumo moderado de alcohol y el seguimiento de una dieta rica en grasas. Estas comparaciones no constituyen equivalencias exactas y dependen de la exposición y de la población consideradas. Su finalidad es aportar perspectiva, no minimizar el posible riesgo asociado a la terapia hormonal.

Es importante destacar que los resultados del WHI no fueron uniformemente negativos en todos los tratamientos hormonales. En el ensayo con estrógenos solos, que incluyó a mujeres previamente sometidas a una histerectomía, la incidencia de cáncer de mama fue, de hecho, inferior a la observada en el grupo placebo. El seguimiento a largo plazo demostró una reducción estadísticamente significativa del 22% en la incidencia de cáncer de mama (HR 0,78), junto con una reducción del 40% en la mortalidad por esta enfermedad (HR 0,60). Entre las mujeres de 50 a 59 años se observó una tendencia en la misma dirección.

El contraste entre estos dos grupos de tratamiento del WHI es especialmente importante. La terapia con estrógenos solos y la terapia combinada de estrógenos y progestágenos no deben presentarse como tratamientos con resultados idénticos respecto al cáncer de mama. Al mismo tiempo, la reducción de la incidencia observada en el ensayo del WHI con estrógenos solos no debe interpretarse como una prueba de que los estrógenos deban prescribirse específicamente para prevenir el cáncer de mama, ni de que todas las formulaciones estrogénicas produzcan necesariamente los mismos resultados.

Estas cifras absolutas son especialmente importantes porque muestran que el estudio identificó beneficios significativos junto a los efectos adversos que acapararon la mayor parte de la atención pública.

Como cirujano ortopédico, considero especialmente relevante la reducción de las fracturas de cadera. Una fractura de cadera en una mujer de edad avanzada no es simplemente un hueso roto que requiere una intervención quirúrgica. Puede representar un punto de inflexión importante en su salud y provocar periodos prolongados de inmovilidad, pérdida de masa muscular, pérdida de autonomía y complicaciones médicas graves.

Las consecuencias son considerables. La investigación internacional sobre osteoporosis describe tasas de mortalidad de hasta aproximadamente un 20-24% durante el primer año posterior a una fractura de cadera, mientras que una proporción importante de las supervivientes nunca recupera su nivel previo de movilidad o independencia. Algunas necesitan ayuda para las actividades cotidianas o requieren atención residencial permanente. Estas cifras describen las consecuencias asociadas a las fracturas de cadera en poblaciones de edad avanzada; no significan que prevenir una fractura evite automáticamente una muerte en la misma proporción, pero sí demuestran la enorme importancia clínica de la prevención de las fracturas.

Por este motivo, los efectos protectores de la terapia hormonal sobre el hueso merecen una atención considerable. Prevenir las fracturas, especialmente las de cadera y columna vertebral, puede tener profundas consecuencias para la calidad de vida y la autonomía física a largo plazo. El tratamiento combinado original del WHI seguía presentando un balance global desfavorable para la prevención indiscriminada de enfermedades, pero la reducción de las fracturas fue un beneficio real y clínicamente importante que no debería desaparecer del debate.

El documento de posicionamiento de The Menopause Society de 2022 refuerza también la importancia de reconocer los beneficios junto a los riesgos. Identifica reducciones del riesgo de fracturas tanto en mujeres que reciben estrógenos solos como en aquellas tratadas con combinaciones de estrógenos y progestágenos, además de resultados favorables respecto a la incidencia de diabetes y, en análisis de mujeres más jóvenes, determinados resultados relacionados con la mortalidad. Estas observaciones refuerzan la necesidad de interpretar la evidencia de manera equilibrada, reconociendo al mismo tiempo que las asociaciones y los resultados de análisis de subgrupos no justifican necesariamente prescribir terapia hormonal específicamente para prevenir estas enfermedades.

Menopausia, grasa visceral e inflamación crónica: la conexión que faltaba con la artrosis

Comprender los beneficios de la terapia hormonal es solo una parte de la cuestión.

Para entender por qué tantas mujeres comienzan a experimentar dolor articular, rigidez y una disminución de su capacidad física alrededor de la menopausia, también necesitamos analizar qué ocurre con el metabolismo y la composición corporal durante esta transición.

Uno de los cambios más evidentes es la redistribución de la grasa corporal.

Las mujeres que anteriormente acumulaban grasa principalmente alrededor de las caderas y los muslos pueden comenzar a almacenarla en mayor proporción en la región abdominal.

Este cambio puede producirse incluso cuando el peso corporal total apenas varía, motivo por el cual el índice de masa corporal, por sí solo, muchas veces no refleja las alteraciones metabólicas subyacentes.

La diferencia es importante porque el tejido adiposo visceral se comporta de manera distinta a la grasa subcutánea.

Lejos de actuar únicamente como una reserva de energía, funciona como un órgano endocrino y metabólico activo, capaz de producir hormonas, adipocinas y mediadores inflamatorios que influyen sobre tejidos de todo el organismo.

Cuando el tejido adiposo visceral aumenta y desarrolla alteraciones funcionales, puede contribuir a un estado de inflamación crónica de bajo grado mediante la liberación de sustancias como la interleucina-6, el factor de necrosis tumoral alfa y diversas adipocinas.

Esta actividad inflamatoria se asocia frecuentemente con resistencia a la insulina, alteraciones del metabolismo lipídico y otros componentes de la disfunción metabólica.

Un estudio publicado en Scientific Reports en 2025 examinó la relación entre el tejido adiposo visceral, los hábitos de salud y la inflamación metabólica durante la menopausia, destacando la importancia de la distribución de la grasa corporal en los cambios metabólicos asociados a esta etapa de la vida.

Estas observaciones son especialmente relevantes porque la menopausia puede modificar no solo la cantidad de grasa que acumula una mujer, sino también dónde se almacena y cómo funciona desde el punto de vista metabólico.

Es aquí donde la relación con la artrosis resulta especialmente interesante.

Durante muchos años, la artrosis se describió casi exclusivamente como una enfermedad de desgaste mecánico.

Una articulación soportaba cargas durante décadas, el cartílago se deterioraba progresivamente y finalmente aparecía el dolor.

Aunque la carga biomecánica continúa siendo un factor importante, esta explicación ya no resulta suficiente.

Actualmente sabemos que la artrosis es una enfermedad que afecta a toda la articulación, incluyendo el cartílago, la membrana sinovial, el hueso subcondral, los meniscos, los ligamentos y los tejidos circundantes.

Estas estructuras responden continuamente a las fuerzas mecánicas, pero también a señales inflamatorias y metabólicas.

Cuando el tejido adiposo disfuncional genera inflamación sistémica crónica, esas señales pueden influir sobre el entorno biológico de la articulación.

Pueden contribuir a la activación sinovial, a alteraciones del metabolismo del cartílago, a la degradación de la matriz extracelular y a cambios en la remodelación del hueso subcondral.

También pueden modificar la sensibilidad al dolor, ayudando a explicar por qué la intensidad de los síntomas no siempre se corresponde con el grado de degeneración estructural visible en las pruebas de imagen.

Una observación especialmente reveladora es que la obesidad aumenta el riesgo de artrosis tanto en las manos como en las rodillas.

Dado que el exceso de peso corporal no sobrecarga mecánicamente los dedos de la misma manera que las extremidades inferiores, esta asociación respalda la importancia de los mecanismos inflamatorios y metabólicos sistémicos.

Una revisión exhaustiva publicada en Nature Reviews Rheumatology en 2024 reforzó esta perspectiva, describiendo cómo la disfunción del tejido adiposo contribuye al dolor de la artrosis mediante inflamación local y sistémica, desregulación inmunitaria y alteraciones de las señales metabólicas.

En las mujeres que se aproximan a la menopausia, estos mecanismos pueden adquirir especial relevancia porque la disminución de la producción hormonal ovárica, los cambios en la distribución de grasa visceral y las alteraciones de la regulación metabólica pueden producirse simultáneamente.

Por tanto, una mujer que desarrolla dolor de rodilla durante esta etapa puede estar experimentando algo más que las consecuencias de una degeneración del cartílago relacionada con la edad.

Sus síntomas también pueden reflejar cambios en el entorno inflamatorio y metabólico de la articulación.

Esto no significa que todos los casos de artrosis estén causados por la menopausia ni que el tratamiento hormonal pueda revertir un daño cartilaginoso ya establecido.

Significa que el estado mecánico de la articulación representa solo una parte de su biología y que los cambios metabólicos asociados a la menopausia merecen atención cuando intentamos comprender por qué los síntomas aparecen o empeoran.

Pérdida muscular, salud metabólica y el círculo vicioso del deterioro de la movilidad

La relación entre la menopausia y la salud musculoesquelética se vuelve más compleja cuando incorporamos los cambios en la fuerza muscular.

El músculo desempeña un papel esencial en la estabilidad articular, el control del movimiento y la distribución de cargas.

Unos cuádriceps y músculos glúteos fuertes ayudan a la rodilla a gestionar las exigencias mecánicas de caminar, subir escaleras y realizar otras actividades cotidianas.

Cuando disminuye la fuerza muscular, esos mismos movimientos pueden volverse considerablemente más exigentes, especialmente en una articulación que ya presenta artrosis.

El músculo esquelético también es un órgano metabólico fundamental, responsable de una proporción importante de la captación de glucosa estimulada por la insulina.

Por tanto, preservar la musculatura no solo es importante para el rendimiento físico, sino también para mantener una buena salud metabólica.

Durante la mediana edad, el envejecimiento, la inactividad, los cambios hormonales y una ingesta nutricional insuficiente pueden contribuir a la reducción de la masa muscular, su calidad y su fuerza.

Cuando esto ocurre simultáneamente con un aumento de la grasa visceral, las consecuencias pueden ser especialmente desfavorables.

Una mujer puede encontrarse atrapada en un círculo vicioso.

El dolor articular dificulta el ejercicio, la reducción de la actividad física acelera la pérdida muscular y la disminución de la fuerza compromete aún más la función articular.

Mientras tanto, el aumento de la grasa visceral y el deterioro de la condición metabólica pueden contribuir a la resistencia a la insulina y a mantener un estado de inflamación crónica de bajo grado.

Las alteraciones del sueño, otro fenómeno frecuente durante la perimenopausia, pueden complicar todavía más este proceso al afectar a la recuperación, la fatiga y la sensibilidad al dolor.

Estos factores ayudan a explicar por qué algunas mujeres experimentan un deterioro relativamente rápido de su bienestar físico durante los años de transición menopáusica, incluso sin haber sufrido una lesión nueva importante o presentar alteraciones radiológicas significativas.

Los mismos cambios biológicos pueden afectar también a otros órganos.

La adiposidad visceral y la disfunción metabólica pueden contribuir al riesgo cardiovascular, a la enfermedad hepática por acumulación de grasa y a las alteraciones de la regulación de la glucosa.

Esto significa que los procesos asociados al deterioro musculoesquelético pueden formar parte de un deterioro más amplio de la salud metabólica.

En este contexto, preservar la masa muscular, mejorar la sensibilidad a la insulina y reducir el exceso de grasa visceral se convierten en objetivos importantes tanto para la salud articular como para la función física a largo plazo.

El entrenamiento de fuerza, el ejercicio aeróbico, una ingesta adecuada de proteínas, una alimentación apropiada y un sueño reparador contribuyen a esta estrategia.

La evaluación hormonal y el tratamiento, cuando están clínicamente indicados, pueden complementar estas medidas al abordar síntomas y cambios fisiológicos que dificultan el ejercicio, la recuperación y la conservación de la masa ósea.

El objetivo no consiste simplemente en reducir el peso corporal o aliviar temporalmente el dolor, sino en mejorar las condiciones biológicas subyacentes que permiten a las mujeres mantenerse activas.

Más allá de los síntomas menopáusicos: qué puede aportar la terapia hormonal a la salud musculoesquelética

Esta evolución en nuestra comprensión de la terapia hormonal resulta especialmente relevante para el síndrome musculoesquelético de la menopausia, uno de los motivos que despertó mi interés por la relación entre el descenso hormonal y el dolor articular que observaba cada vez con más frecuencia en mujeres de mediana edad.

Los estrógenos influyen sobre muchos más procesos que la función reproductiva.

Participan en la remodelación ósea, la regulación de la inflamación y diversos mecanismos implicados en la salud de los músculos, tendones y articulaciones.

Su descenso se produce en una etapa en la que muchas mujeres comienzan a experimentar rigidez, molestias articulares generalizadas, pérdida de fuerza y cambios en su capacidad de recuperación después de la actividad física.

La terapia hormonal, cuando está correctamente indicada, puede ofrecer beneficios importantes en este contexto.

Su capacidad para preservar la densidad mineral ósea y reducir el riesgo de fracturas está bien establecida, mientras que la mejoría del sueño y de los síntomas menopáusicos puede facilitar que las mujeres se mantengan físicamente activas y conserven su fuerza muscular.

También existe evidencia clínica que sugiere una relación entre el tratamiento con estrógenos y los síntomas articulares.

Un análisis del grupo tratado únicamente con estrógenos en el WHI encontró que las mujeres que recibían este tratamiento comunicaban una reducción modesta, pero estadísticamente significativa, del dolor articular en comparación con aquellas que recibían placebo.

Aunque este hallazgo no demuestra que los estrógenos reviertan la artrosis, sí respalda la posibilidad de que el estado hormonal contribuya a la experiencia del dolor musculoesquelético.

Junto con la investigación experimental sobre los receptores de estrógenos, el metabolismo del cartílago y las vías inflamatorias, proporciona una base científica para investigar el papel del descenso hormonal en los síntomas musculoesqueléticos asociados a la menopausia.

El componente metabólico es igualmente importante.

La terapia hormonal puede influir sobre determinados aspectos de la distribución de la grasa y de la fisiología metabólica, pero los beneficios más amplios de reducir la adiposidad visceral, preservar la musculatura esquelética y mejorar la sensibilidad a la insulina dependen de un enfoque integral que incluya ejercicio, nutrición y otras intervenciones apropiadas.

En mujeres con artrosis de rodilla, esto puede resultar especialmente relevante porque los síntomas articulares pueden estar influidos simultáneamente por la degeneración estructural, la debilidad muscular, la inflamación de bajo grado, las alteraciones del sueño y las consecuencias metabólicas del aumento de la grasa abdominal.

Reconocer estos mecanismos interrelacionados permite abordar factores que, de otro modo, quedarían fuera de la evaluación de lo que aparentemente es un problema articular aislado.

Para mí, la importancia de reconocer el síndrome musculoesquelético de la menopausia reside en que ofrece un contexto fisiológico para síntomas que muchas mujeres han experimentado sin recibir una explicación satisfactoria.

También nos anima a pensar en la prevención de forma más temprana, antes de que la pérdida progresiva de masa muscular, el deterioro óseo y la disfunción metabólica hayan comprometido significativamente la capacidad física.

Conclusión: proteger la salud musculoesquelética de la mujer durante la menopausia y en las décadas posteriores

La historia de la terapia hormonal nos ha enseñado una lección importante sobre las consecuencias de interpretar la evidencia médica de manera excesivamente generalizada.

Un estudio diseñado para investigar el uso preventivo de determinados tratamientos hormonales en mujeres posmenopáusicas dio lugar a una percepción ampliamente extendida de que el tratamiento hormonal era peligroso en sí mismo, eclipsando beneficios que ya se conocían desde hacía décadas.

Los análisis posteriores, las nuevas investigaciones y el desarrollo de enfoques terapéuticos más individualizados han modificado sustancialmente esta perspectiva.

Actualmente comprendemos mejor la importancia del momento de inicio del tratamiento, de la formulación hormonal utilizada y de la diferencia entre aliviar los síntomas menopáusicos y pretender prevenir todas las enfermedades crónicas.

Pero las implicaciones van mucho más allá del debate sobre la terapia hormonal sustitutiva.

La transición menopáusica puede coincidir con cambios en la remodelación ósea, la función muscular, la adiposidad visceral, la sensibilidad a la insulina y la regulación de la inflamación.

Estos procesos pueden interactuar con los mecanismos que intervienen en la artrosis y otras enfermedades musculoesqueléticas, creando un entorno biológico en el que el dolor, la rigidez y el deterioro físico se vuelven más probables.

Por tanto, una mujer que experimenta dolor articular durante la menopausia puede estar enfrentándose a varios procesos relacionados entre sí, en lugar de a un único problema aislado.

Las alteraciones estructurales de las articulaciones siguen siendo importantes, pero también lo son la fuerza muscular, la salud metabólica, la composición corporal, el sueño y la fisiología hormonal.

Comprender estas relaciones nos ofrece la oportunidad de abordar los años de la menopausia de una forma más proactiva: proteger los huesos, mantener la musculatura, mejorar la salud metabólica y considerar la terapia hormonal cuando sus beneficios demostrados sean relevantes para cada paciente.

En última instancia, el objetivo no consiste simplemente en aliviar los síntomas menopáusicos o tratar una rodilla dolorosa.

Se trata de ayudar a las mujeres a preservar su fuerza, movilidad, independencia y calidad de vida durante todas las décadas que siguen a la menopausia.

Cuanto mejor comprendamos la interacción entre las hormonas, el metabolismo, la inflamación y el sistema musculoesquelético, mejor preparados estaremos para alcanzar ese objetivo.


Dr. Fabián Poletti

Especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología

Medicina Deportiva y Ortobiología

Optimización Metabólica y Hormonal

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